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miércoles, mayo 6, 2026
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El negocio de la pobreza: ¿quién gana cuando el campesino pierde?

Gary Antonio Rodríguez Álvarez, es Economista y Magíster en Comercio Internacional

Hay cosas que a uno lo golpean en la vida, y una de ellas me ocurrió a los 17 años, al cumplir el requisito del Colegio Alemán Santa Cruz donde estudié, de que, para hacer el Viaje de Promoción al exterior, primero debíamos recorrer Bolivia para consustanciarnos de ella y aportar a su mejora, como decían los profesores alemanes. Fue ese año, 1979, cuando me dolió ver la pobreza de quienes pudiendo salir de tal situación, no lo hacen por falta de educación, recursos económicos, su cosmovisión anclada al pasado o, peor aún e indignante, porque hay quienes se lo impiden por su interés o una supina ignorancia.

El viaje de la pre-Promoción 1980 nos permitió recorrer por tierra el campo y las ciudades del altiplano y valles -La Paz, Cochabamba, Sucre, Oruro y Potosí- donde mayor pobreza había en el país. Lo pude comprobar, no solo por los niños, mendigos y perritos que persiguen a los autos en el campo esperando que se les arroje un pan, sino, por lo que paso a relatar, esperando no hacerle llorar (yo, cada vez que lo recuerdo, no lo puedo evitar).

Jovencito como era, no podía creer lo que con asombro vi desde la comodidad de la flota en la que viajábamos por el altiplano boliviano: Una señora de edad, una campesina viejita, encorvada por los años, araba un campo agreste y seco, bajo el fuerte solazo que inmisericordemente quema la piel al estar expuesto a ello. Me chocó ver que una pobre anciana se sacrificara trabajando la tierra, tal vez, sin hijos que lo hicieran por ella. Me golpeó, además, ver el arado egipcio de madera que utilizaba, en vez de que sea una maquinaria, algo que hasta hoy siguen usando en las alturas nuestros pobres campesinos, para sembrar.

Pero, lo que más me golpeó a mi corta edad fue ver que, quien jalaba el arado no era un buey o un burro, sino, cual si fuera un animal, el que tiraba del arado con gran esfuerzo era un viejito, un campesino pobre, sin duda, su esposo, y eso compungió mi alma.

No lo pude entender, entonces, pero, cuando me formé como economista, sí, y, confieso que a casi 50 años del suceso, aún me duele el recuerdo, así como que siga habiendo tanta pobreza en el altiplano y que haya a quienes les convenga que tal situación siga así.

Para no hablar por mí mismo, me respaldaré en una excelente entrevista que recomiendo ver por las redes, el Programa “De Primera Mano” conducido por la gran periodista María René Duchén, conversando con el economista y docente universitario Carlos Armando Cardozo sobre “La doble vara de las ONG para hablar del agro”, a propósito de la Ley 1720 que permitirá la conversión voluntaria de la pequeña propiedad agraria, en mediana, para progresar (“96.7 – La Paz Media”, 30/ABR/2026).

Casi “viendo” lo que yo vi, Duchén refirió su experiencia con comunidades del Occidente, donde, azorada, vio que la posesión de la tierra se resumía a “surcos”, ni quisiera minifundios: “Yo no lo podía creer, no podía creer, hasta que fui en algún momento y me dijeron: No, no, no, lo mío es este surco y este surco, pero no hasta allá, sino, hasta acá. Yo dije: ¿Cómo puedes producir y hacer rentable tu operación y salir solamente de tu autoabastecimiento y ofrecer algún producto para tu sobrevivencia, si no puedes tener una extensión más grande de terreno, si no puedes además tecnificar tu producción? No sé, es una problemática bien compleja, donde la titularidad de la tierra es importante”.

Entonces, Cardozo explicó que no solo la dictadura sindical complota para que sus representados no puedan salir de tal situación -porque si lo hacen se queda sin poder político- sino que ciertas Organizaciones No Gubernamentales (ONG), por igual razón, una genuina ignorancia o, peor aún -añadiría yo- por intereses personales, comerciales y financieros, les impiden acceder a la tecnología para subir su productividad, enarbolando la bandera de defender su cultura, la producción ancestral y la tenencia comunitaria de la tierra, sin importarles el bienestar económico de los productores, frenando la posibilidad de progreso con una producción a escala y la mejora de su calidad de vida, condenándolos al autoconsumo, mientras dichas ONG siguen recibiendo enormes cantidades de fondos para seguir “estudiándolos”, representándolos y hablando por ellos, para ayudarles a seguir en su postración con la lógica de que “el negocio es administrar la pobreza”.

Hay una narrativa engañosa que muestra a las ONG como grandes defensoras de los pobres campesinos, pero a la luz de los hechos es peligrosa, pues, junto al activismo anti-agronegocio han dejado de ser parte de la solución para pasar a ser parte del problema.

He aquí una cuestión moral: Si el problema acaba, la ONG ya no es necesaria, de ahí que surge la necesidad de que el pobre siga siendo pobre para justificar su existencia, obtener recursos para sus estructuras burocráticas y disfrutar de altos ingresos, bajo igual lógica de supervivencia del socialismo y comunismo. ¿No le indigna que esto siga pasando en Bolivia, a costa de nuestros pobres campesinos?

* La opinión expresada en este artículo es responsabilidad exclusiva del autor y no representa necesariamente la posición de Noticias a Sol y Sombra.