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lunes, junio 1, 2026
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El peligro de ser mujer periodista

​Patricia Flores Palacios es experta en comunicación estratégica y feminista.

​Hace más de 15 años el periodismo en Bolivia comenzó su lento pero implacable proceso de desvalorización. Lo que Gabriel García Márquez describió como «el mejor oficio del mundo» en Bolivia se ha transformado en una profesión de enorme precariedad laboral: sueldos por debajo del salario mínimo nacional, sin jubilación, sin seguro de salud, sin seguro de vida.

Según estudios del Cedla, la Asociación Nacional de Periodistas de Bolivia y Unitas, el 45 % de los periodistas gana menos de Bs 2.360, el 70 % no aporta a su jubilación y el 91 % carece de seguro de vida.

​Y en ese penoso panorama las mujeres periodistas cargan con una doble violencia: la nombrada precariedad estructural que afecta a todo el gremio, y la violencia de género con componentes misóginos y machistas que busca disciplinarlas mediante el menosprecio y las amenazas sexuales.

Un sondeo de la Fundación para el Periodismo reveló que el 79,1 % de las mujeres periodistas en Bolivia sufrió violencia en su labor: 42,5 % violencia verbal y censura, 25,5 % amenazas e intimidación, y 19,1 % acoso o violencia sexual.

​Esta violencia no proviene solo del Estado. Reporteros Sin Fronteras (RSF) clasifica a Bolivia en el puesto 93 de 180 países (54,09 puntos) con agresiones de ciudadanos que apoyan al gobierno o políticos, y particularmente de sectores sociales en conflicto.

Durante mayo de 2026, RSF documentó al menos 14 actos de violencia contra periodistas en protestas y bloqueos, incluyendo el linchamiento de equipos internacionales en La Paz y El Alto.

​Ryszard Kapuściński escribió que «el periodista es el primer archivista de la historia»; sin embargo, hoy esa historia se escribe con insultos, golpes, amenazas, humillación y lágrimas.

La narrativa que instaló la imagen de «prensa vendida», «prensa comprada» y «cartel de la mentira», en el gobierno de Morales, con millonarios recursos, como ha quedado ampliamente documentado, ha devaluado profundamente el periodismo, justificando la precarización laboral y la violencia contra una prensa crítica.

Según el análisis de la Unesco sobre Bolivia, las mujeres periodistas enfrentan agresiones agravadas por su género, incluyendo violencia simbólica y amenazas para desacreditar su labor profesional.

​Los intereses por una sociedad más justa están hoy permeados por intereses corporativos y lógicas clientelares que convierten a una prensa crítica en un gran peligro. Tanto el Estado como los sectores sociales en conflicto ven en el periodismo independiente una amenaza porque incomoda, interpela, exige transparencia y rendición de cuentas.

​Por ello enfatizamos que la información es un derecho humano y que la prensa es garante de un Estado de derecho. Sin embargo, esta verdad fundamental no se comprende ni se acepta: más bien se la obnubila, despojándola de su valor constitucional.

En este contexto hostil, el 38,8 % de las mujeres periodistas menciona la inseguridad personal como principal desafío durante sus coberturas, mientras que el 35,5 % enfrenta prejuicios sobre sus capacidades profesionales por ser mujer.

​Rita Segato nos aclara que este tipo de violencia contra las mujeres es pedagógica: enseña a otras mujeres qué sucede cuando transgreden los roles asignados.

El periodismo femenino, especialmente el que investiga corrupción, violaciones de derechos humanos y abusos de poder, es disciplinado mediante la violencia sexual y el acoso. Como lo revela el reciente estudio de la Fundación para el Periodismo, el 31,6 % de las periodistas reporta falta de apoyo o acompañamiento durante las coberturas, y el 28,3 % enfrenta desconfianza o resistencia de la comunidad hacia una mujer periodista.

​La precarización laboral en el campo periodístico ha devaluado enormemente la profesión, con freelances que ganan 15 a 30 bolivianos por nota, colegas que trabajan más de ocho horas en las redacciones, de los escasos medios tradicionales, o de medios digitales en los que prestan servicios como –eventuales– sin reconocimiento de derecho laboral alguno.

Profesionales que no cuentan con beneficios sociales, muchas personas desocupadas y un alto número de aspirantes sin experiencia y estudiantes de comunicación social que sintetizan la extrema precariedad existente en el mercado de trabajo periodístico.

​El periodismo nació de una profunda vocación por la justicia y las luchas sociales. No es coincidencia que quienes se dedican a este oficio sean quienes denuncian los abusos, quienes visibilizan a los invisibilizados, quienes interpelan al poder.

Pero esta vocación ha sido explotada: se paga poco porque se asume que «es por vocación», se precariza impunemente por el desempleo. Estas lógicas perversas han convertido en moneda corriente el trabajo sin derechos, sin seguridad social, sin futuro.

​La Constitución Política del Estado garantiza la libertad de prensa como fundamento de un estado democrático de derecho. Sin embargo, esta garantía constitucional se ha convertido en letra muerta cuando los periodistas son agredidos, amenazados, censurados y precarizados.

​Hoy, cuando escribo estas líneas, pienso en las mujeres periodistas que siguen adelante a pesar de todo. En Yadira Peláez, Susana López, Nadia Paza, Gilda, Vanessa, Fabiola, Amalia o Zulema y muchas otras colegas, que gracias a su vocación de servicio, de compromiso inquebrantable por la defensa de los derechos humanos siguen ejerciendo su oficio.

​Pienso con dolor y frustración en Kapuściński diciendo que «el periodista debe ser humilde ante la reality», y en la crudeza de que esa humildad se paga con violencia, pobreza y desprotección. El periodismo en Bolivia no está muriendo por falta de vocación, sino por exceso de impunidad y precariedad.

Mientras esto continúe, seguiremos siendo –como dice el Círculo de Mujeres Periodistas– periodistas doblemente violentadas: por ser periodistas y por ser mujeres. Por el Estado y los sectores en conflicto, cada vez más violentos, y por un machismo arraigado que nos descalifica, nos grita «una mujer no debería estar en las calles», y nos censura por ser fuertes, independientes y comprometidas con la verdad.

* La opinión expresada en este artículo es responsabilidad exclusiva del autor y no representa necesariamente la posición de Noticias a Sol y Sombra.