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martes, septiembre 29, 2026
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Paz y las trampas de la tecnología

Hernán Terrazas es periodista

Con seguridad, a nadie en el mundo le interesa que Rodrigo Paz supuestamente haya ganado la elección del año pasado gracias a TikTok. Es más, en foros como Naciones Unidas debió sonar mal que un mandatario desaprovechara parte del corto tiempo asignado para su intervención para contar que llegó hasta allí gracias a la tecnología y a las habilidades de una de sus familiares.

El viaje del Presidente a Nueva York, el primero a un escenario internacional importante como la Asamblea General de la ONU, pareció más rico en anécdotas que en información verdaderamente relevante.

Y eso tiene que ver con los “excesos” comunicacionales: con mostrar y decir más de lo necesario, con gestionar la imagen como si se tratara de una campaña y no de una visita de trabajo.

Si se pone en el mismo nivel una reunión con un secretario de Estado, una caminata por las calles de Nueva York o encuentros casuales con otros mandatarios, entonces no resulta fácil distinguir lo verdaderamente importante de lo meramente accesorio.

Por lo general, la intervención de un presidente en Naciones Unidas tiene más valor dentro que fuera de su país, salvo que se trate del jefe de Estado de una potencia o de un país involucrado en una controversia o un conflicto internacional. De ahí que la atención que concita en ese foro sea proporcional a la importancia geopolítica del país o a los asuntos de coyuntura que lo rodean.

A Paz, como a todos los mandatarios bolivianos que estuvieron antes en el mismo lugar, lo escucharon muy pocos. La historia registra casos en los que las actitudes pesaron más que los discursos: el histrionismo de Hugo Chávez, el supuesto zapatazo de Nikita Jruschov en 1960 o el “patria o muerte” pronunciado por Ernesto Che Guevara en 1964. Paz, desde luego, no hizo ese tipo de historia.

Para consumo externo, su intervención no dejó mucho más que alguna referencia, muy de pasada, al cambio político y democrático experimentado por Bolivia el año pasado; una acusación, por lo menos arriesgada, de narcoterrorismo por los 53 días de bloqueo de mayo y junio; algunas observaciones sobre la lentitud del multilateralismo en momentos de crisis; una mención de rigor a los problemas ambientales y un mensaje dirigido a los inversionistas para que lleguen a Bolivia. Eso y, claro, lo del TikTok de marras.

Para el público interno tampoco hubo demasiado nuevo. La diferencia estuvo, más bien, en la fugacidad de las imágenes y en la insistencia por mantener una lógica de campaña cuando el tiempo político ya es otro.

El TikTok puede servir para instalar una imagen, pero no para sostener una gestión. Y menos todavía cuando, en ese mismo espacio de inmediatez, lo que se intenta mostrar como “bueno” o de “interés” compite cada vez en peores condiciones con el peso acumulado de lo negativo, Cerimedo mediante.

Para un presidente que llegó al cargo “gracias a la tecnología”, la tecnología también puede deparar disgustos. Ya ocurrió con los archivos de imágenes del caso Beller/Cerimedo y volvió a ocurrir, apenas hace algunas horas, con el seguimiento al avión FAB002 y su ¿inesperado? tránsito por Florida.

La imagen de “playa” y “shopping” –donde vacacionan los ricos y famosos– apareció justo en vísperas de un amago de paro nacional del transporte y cuando buena parte de los bolivianos hacía cuentas domésticas por el impacto del “dieselazo”.

Cuando se prioriza el modelado tecnológico de las formas por encima de la contundencia de los contenidos, se corre el riesgo de que una gira internacional importante termine reducida a lo anecdótico y frívolo: TikTok para llegar y Boca Ratón para volver.

* La opinión expresada en este artículo es responsabilidad exclusiva del autor y no representa necesariamente la posición de Noticias a Sol y Sombra.