Las puertas de las casas de Totora, en Cochabamba, se abren para que propios y extraños entren a escuchar las melodías de los pianos familiares. Las salas y patios de las residencias se convierten en pequeños escenarios donde pianistas del país ofrecen microconciertos como parte del Festival Nacional del Piano “Hernán Rivera Unzueta”, declarado Patrimonio Cultural de Bolivia.
Las calles coloniales de Totora, a 142 kilómetros de la ciudad de Cochabamba, están detenidas en el tiempo. Las fachadas de colores, los balcones, los techos de tejas y las vías angostas empedradas reciben a niños, estudiantes, profesores, artistas, turistas y curiosos. No hay mapas ni carteles: la música es la guía. Desde una casa se escucha un piano y hacia allí caminan los visitantes.
Los pianos de los hogares, durante el festival, dejan de ser un objeto doméstico para convertirse en protagonistas de una variedad de conciertos.
Una de las residencias más visitadas es la de Novillo Gómez, cerca de la plaza principal. Un pequeño letrero en la fachada anuncia: “Casa con piano”. Al ingresar, una pared amarilla exhibe fotografías antiguas de los “Honorables de Totora”. En una mesa cercana, cuatro señoras juegan cartas y reciben a los visitantes. En el patio, una pared roja reúne una campana, una soga, faroles y carteles que parecen parte de la escenografía de una película del viejo oeste. A un lado está el piano negro. Las sillas se llenan rápidamente. Cada pianista dispone de unos cuatro o cinco minutos antes de ceder el lugar a otro músico. También el público rota: en dos horas intenta visitar la mayor cantidad de casonas.
Aproximadamente siete residencias abren sus puertas para recibir a los artistas, explica César Morató, miembro del directorio del festival. Se interpretan cuecas, bailecitos, valses y piezas clásicas. Algunos pianistas están acompañados por guitarristas, cantantes líricos o charanguistas. Otros tienen como único acompañamiento las palmas del público.
Al salir de una casa, la música conduce a otra. En una de ellas, una adolescente toca con evidente nerviosismo un vals de Frédéric Chopin mientras la dueña reparte refrescos. Después llega un dúo de piano y charango. Los aplausos vuelven a llenar la habitación.
Hay una parada que nadie quiere perderse: el salón de conciertos del maestro Hernán Rivera Unzueta, fundador del festival. El lugar tiene paredes empapeladas de azul, lámparas opulentas, cuadros y sillas con bordes dorados. Allí se presentan los maestros invitados.
Esa noche, Gastón Arce Sejas, junto a la pianista Mariana Alandia y la cantante lírica Susana Palomeque, interpretan un repertorio propio y obras del compositor Eduardo Caba. Las melodías mantienen al público en silencio hasta que retumban las notas de “Viva mi Patria Bolivia”. En ese instante, el canto colectivo y las palmas rompen la solemnidad de sala.
Las dos horas de microconciertos resultan insuficientes. La mayoría alcanza a visitar cuatro casas antes de detenerse a compartir algún bocadillo y comentar cuál fue su presentación favorita. “No sabía que había este tipo de conciertos en las casas, pero me parece una forma muy linda de acercarse a los pianos y a Totora”, cuenta Susana Murillo, una de las asistentes.
La ciudad de los 200 pianos
La noche continúa en la plaza principal, donde un escenario recibe a los artistas invitados. Hay dos pianos y un repertorio que combina música, canto y danza, con demostraciones de habilidad para tocar a cuatro, seis e incluso ocho manos, es decir hasta cuatro personas tocando un mismo piano. También hay una carpa en la que la marca Casio exhibe distintos teclados e incluso se rifa un hermoso piano blanco valuado en 28.000 bolivianos entre los asistentes.
Durante cuatro días, del 1 al 4 de octubre, el festival reunió a 156 pianistas en las categorías infantil, prejuvenil, juvenil, mayores y máster, además de contar con 14 invitados entre ensambles, dúos y destacados intérpretes del país.
La Casa de la Cultura es el principal escenario. Allí, los participantes se presentan ante un jurado y ejecutan una pieza clásica y otra de un compositor boliviano. La sala permanece llena: algunos espectadores están sentados, otros están de pie y todos esperan el momento de los aplausos.
Mientras unos compiten, otros buscan dónde practicar. Totora cuenta actualmente con 13 pianos en casas particulares y en una iglesia. Es una cifra pequeña frente a los instrumentos que alguna vez tuvo el lugar y que le dieron el sobrenombre de “la ciudad de los 200 pianos”.
El primer piano llegó en 1878, traído por el comerciante Manuel Céspedes y adquirido por Fernando Pérez. Después llegó otro para Domingo de Meleán. Según el libro Totora. Notas sobre su pasado, de Andrés Novillo Villarroel. Uno de los instrumentos más antiguos que aún se conserva pertenece a la familia Sánchez y actualmente está en poder de la familia Villarroel. Es pequeño, como una cómoda, y tiene seis octavas.
Con el tiempo, otras familias adquirieron pianos para amenizar fiestas y celebraciones. La prosperidad de Totora estuvo vinculada al comercio de la hoja de coca, que tuvo una influencia decisiva en la economía del lugar.
¿Qué ocurrió con aquellos 200 pianos? No hay una respuesta certera, pero sí suposiciones. Algunos habitantes creen que muchas familias migraron y se llevaron o vendieron sus instrumentos. Otros rememoran el terremoto de Aiquile de 1998, de magnitud 6,8, considerado el mayor temblor del país, que golpeó con especial fuerza a Aiquile y Totora y destruyó numerosas viviendas que piensan que es una de las causas de la ausencia de los pianos que terminaron en escombros, dando fin a la era dorada de los pianos.
Ahora, los organizadores proyectan que para 2028, cuando el festival cumpla un cuarto de siglo, Totora tenga al menos 25 pianos disponibles. El objetivo es preservar un encuentro considerado uno de los más importantes del país y Latinoamérica para mantener viva una parte de la memoria musical del lugar. Esperan que se unan esfuerzos privados y del Gobierno para hacer esto realidad.
El festival fue declarado Patrimonio Cultural de Bolivia en 2009. Pero en Totora la herencia cultural no se conserva detrás de una vitrina. Vive en las casas que abren sus puertas, en las familias que conservan los instrumentos y en los músicos que vuelven cada año.
El festival concluye con la premiación de los mejores en cada categoría y la entrega de reconocimientos a los pianistas invitados. Luego, poco a poco Totora vuelve al silencio de sus calles empedradas, las casonas cierran las puertas de su intimidad y los aplausos quedan atrás. Sin embargo, mientras un artista vuelva a sentarse frente a un piano en Totora y alguien abra la puerta de su casa para recibirlo y escucharlo, la mítica ciudad de los 200 pianos seguirá sonando.
Por: ABI





