Patricia Flores Palacios es magíster en ciencias sociales y feminista queer.
¿En qué momento escarbar en la basura, exhibir intimidades y convertir la indignidad humana en espectáculo comenzó a confundirse con hacer periodismo?
Amplificar los supuestos hallazgos en el basurero del baño de un asesor presidencial o convertir en espectáculo las imágenes de un docente universitario aparentemente involucrado en un acto sexual con una joven dentro de un aula no son simples excesos. Son síntomas de una degradación: la información convertida en mercancía y la intimidad humana en espectáculo.
Estamos ante una suerte de pornografía informativa, un miserabilismo mediático que explota el morbo, trivializa la dignidad y confunde el interés público con la curiosidad o el morbo de las audiencias públicas. La obsesión por los likes, seguidores, viralidad y reproducciones parece imponerse a una pregunta: ¿qué necesita saber la sociedad y por qué?
Investigar conductas inaceptables de quienes ejercen poder es indispensable. Pero cuando se abandona la búsqueda de responsabilidades institucionales, abusos y derechos vulnerados para recrearse en lo obsceno, el periodismo deja de iluminar los hechos y comienza a explotarlos. No todo escándalo es noticia. No todo lo viral merece llamarse periodismo.
Vivimos una época en la que la espectacularización amenaza con desplazar la verificación: titulares estridentes, insinuaciones presentadas como certezas y una indignación administrada para multiplicar clics. La velocidad reemplaza al contexto; el impacto, a las pruebas. Sin embargo, sería injusto confundir esa degradación con el conjunto del periodismo boliviano. Mientras unos escarban en los basureros de la intimidad; otros investigan los basureros del poder: corrupción, impunidad, explotación humana y devastación ambiental.
Ese otro periodismo también habita las plataformas digitales. No nació para perseguir tendencias, sino para ampliar la libertad de expresión, resistir presiones y contar lo que otros preferirían ocultar. Ahí está Maggy Talavera con Periodismo sin Photoshop, reivindicando el análisis y la entrevista rigurosa. Y Amalia Pando, quien, tras las presiones sufridas en los medios tradicionales, hizo de su propia cocina un espacio de resistencia informativa con Cabildeo Digital. Ambas reconocidas con el Premio Nacional de Periodismo.
En Santa Cruz, La Región ha construido una agenda sobre medioambiente, turismo sostenible y pueblos indígenas. La Brava, revista digital independiente dirigida por Karen Gil, apuesta por la investigación, los derechos humanos y las problemáticas ambientales. Muy Waso, impulsado por Michelle Nogales y Mijail Miranda, abre espacio a narrativas feministas, crisis climática y desigualdades; sus impulsores han recibido reconocimientos de la Sociedad Interamericana de Prensa.
Imposible omitir a Roberto Navia Gabriel y la Revista Nómadas. Sus investigaciones sobre esclavitud contemporánea, pueblos indígenas y depredación ambiental han trascendido fronteras y merecido premios internacionales, entre ellos el Ortega y Gasset y el Rey de España. Se suman Urgente.bo, impulsado por Grover Yapura, Brújula Digital, Visión 360, las iniciativas de Mery Vaca y la trayectoria de ANF y Erbol, y la prensa escrita de medios históricos que siguen apostando por el periodismo ético y al servicio del derecho a la información.
La enumeración es incompleta, y pido disculpas por las omisiones. Son muchos los proyectos que, desde distintas regiones, apuestan talento, recursos y a veces su propia seguridad por ejercer un periodismo independiente. No son los algoritmos los que determinan su calidad, sino el rigor, la ética y la responsabilidad social.
Hay otra frontera ineludible: la que separa la independencia de quienes utilizan la información como moneda de negociación con el poder. Cuando una línea editorial se alquila al mejor postor y el elogio o la crítica dependen de favores, el oficio se desnaturaliza. Tales prácticas deben investigarse y denunciarse con pruebas, nunca mediante sospechas convertidas en sentencias.
De esas desviaciones se alimentan etiquetas como «mercenarios de la información», «prensa vendida» o «cárteles de la mentira», utilizadas después para desacreditar indiscriminadamente a quienes investigan con honestidad.
La existencia de corrupción no autoriza a estigmatizar a toda la prensa; defender la libertad de expresión tampoco obliga a encubrir sus faltas éticas.
Los abusos de unos no pueden convertirse en coartada para intimidar a todos.
Los principios del periodismo no caducan con las tecnologías: verificar, contrastar fuentes, contextualizar, distinguir información de opinión, respetar la presunción de inocencia, proteger la dignidad y escuchar voces distintas sin equiparar la verdad documentada con la mentira. La independencia no consiste en repetir una versión conveniente, sino en someter incluso las propias convicciones al examen de los hechos.
Ese periodismo denuncia la violencia contra mujeres, niñas, niños y adolescentes, acompaña las luchas sociales sin renunciar a su autonomía, visibiliza los derechos de los pueblos indígenas, investiga la agroindustria depredadora y la minería que contamina ríos, amenaza comunidades y compromete su futuro. A pesar de las presiones del poder efímero del Estado sigue investigando e interpelando a la justicia, al Ejecutivo o al trabajo parlamentario. Pregunta quién se beneficia, quién paga las consecuencias, quién permanece invisible y quién impone el silencio.
Las redes, como TikTok, pueden amplificar el miserabilismo, pero no han conseguido invisibilizar el trabajo de quienes investigan con compromiso ético. Coexisten dos ecosistemas: uno convierte la indignidad en espectáculo y cosecha reproducciones; el otro contrasta, incomoda y sostiene una condición esencial de la democracia: una ciudadanía informada.
Uno necesita espectadores; el otro ciudadano capaz de preguntar y exigir cuentas. El primero calcula clics; el segundo busca hechos relevantes.
El primero persigue el escándalo de unas horas; el segundo verdades que pueden transformar realidades. El primero explota miserias humanas; el segundo investiga las causas de las injusticias.
Porque el periodismo no nació para hurgar en la basura de la intimidad, sino para iluminar aquello que el poder pretende mantener en la oscuridad.
La verdad no necesita pornografía informativa, necesita periodistas.





